martes, septiembre 29, 2009

Él dice:



Nos comerá la oficina un día cariño. El teclado en donde pasan solicitudes de empleo de Juanes Martínez. Y es que es usted, señorita -señora- María Guadalupe Rodríguez, es la más insignificante de todas. Estúpídamente gorda y maravillosamente idiota. Hueca. Huecos todos. Mexicanos. Jodidos y rejodidos. Por eso te digo, que nos comerá la oficina un día cariño (en ésta presunción vampiresca de que como ellos "tan perflibajesco" existen otros iguales a nosotros "tan perfilmediescos"). 
 
Se nos van las letras cariño. Se nos escurren por el archivo muerto del líder de la línea ocho. De la cuatro. Del gerente. Del jefe del redactor. De la puta madre. De la putísima madre que nos hemos vuelto. Espero (en Dios) que tengamos la suficiente fuerza un día, para meterle los dedos a la vagina de Dios y sacar el arte de allí.

Ella le contesta...


Sí cariño, la oficina terminará matándonos. Acabaré por claudicar ante sus tres pisos y seré golpe sordo contra la banqueta de adoquines hexagonales. Estas horas oficinistas me calan en la sangre como enfermedad terminal de la era industrial, del nuevo siglo donde los zombis maquilocos comen sandwich de jamón, burritos de deshebrada y se los pasan con su puta coca cola zERO. Me da Sífilis ocular, hemorroiditis craneal, y la única cura temporal son los puntos infonavit y la pensión que nunca cobraré.

Hoy logré comerme la oficina por dos horas, dormí en el sillón de forro negro y hasta dejé caer algo de baba sobre mis dedos de tecladista nivel 80. Y de repente, creí haber ganado, y que se viene el jefe sacándose el calzón, rascándose la barba, dando de tumbos con sus botas negras underworld: me limpio los mocos con su salario mínimo.  

Y no hay letras, aquí me saben sindicalizadas, en dolor supositorial para doberman. Ayer las agarré, se las metí al perro por el ano, quería escuchar cualquier sensación real para plantarla en la ínfima hoja blanca. Fallé. Sólo me quedaron las manos ensangrentadas y un chilloneo de cachorro de quinientos pesos por consulta veterinaria. Cuando se calmó el perro, debo decir, lo intenté de nuevo: agarré el supositorio usado y escribí por las paredes cuánto extraño mi quijada quebrada de briaga sin seguro social:


Es mi boca cascada de sangre insomne
que tiembla, llena de mariposas.



Qué no nos mate cariño... ¡Piedad, piedad! 

1 comentario:

yo no me llamo javier dijo...

receta: letras sindicalizadas,golpes sordos contra adoquines hexagonales, sífilis ocular y hemorroiditis craneal para completar un buen ciudadano ejemplar.