miércoles, agosto 05, 2009

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Trajeron los bebés desde temprano. Madame ordenó atender a los huéspedes con máximas complacencias en virtud de sus buenas rentas, y advirtió que, quien ose contradecirla, saldrá inmediatamente de La Casa. Comparto su temor, ponerse a órdenes de la iglesia es iniciar negocios en nuevo territorio, asegurar acciones, mobiliario costoso y la posibilidad de utilizar conventos, capillas e iglesias. ¿Quién no ha imaginado cinco hombres eyaculando a tiempo sobre el depósito de agua bendita? Madame sí, hazme un instrumento de tu paz, dijo en alguna ocasión tras la rendija del confesionario. Porque ¿qué sería de Dios sin nosotros? cuestionó rebosante en orgullo. Sin él no somos nada y viceversa. Desde sus acuerdos con la élite católica anda contenta, amable, tan solo en la escena de ésta noche se dará el lujo de incluir treinta infantes no mayores a un año. ¡Ni se les ocurran mayorcitos! amenazó a Jacobo y Augusto. ¡Sólo niños con paso inseguro o gateadores! ¡Este negocio compromete nuestra vida! Si la vida se basa en fondos económicos, pensé al verla recorriendo sistemáticamente su despacho, enterrando despiadadamente los tacones en la alfombra persa, lo hace cuando debe ser obedecida sin chistar. ¡Bien alimentados y graciosos! Ninguno de nosotros quisiera lidiar con enfermedades de baja sociedad. Y como era de esperarse, luego de semanas, resultó. Bastó sobornar a varias nanas de la cuidad. Los niños llegaron desde temprano ésta mañana y fueron atendidos por nuestros mejores sirvientes.


Desde la ventana seguí su arribo. A las diez trajeron cinco rubios regordetes, clase medieros, de haber sido menos hubiera detectado pestilencias aún más amargas, pastas bajo la nariz, suciedad de pobre, qué mal gusto. Pasadas las once, mientras elegía mi atuendo, escuché lloriqueos, estaba entre corsé púrpura o verde agrio, su imparable algarabía me desconcentró y perdí el número de pestañas que llevaba sobrepuestas. Entre balbuceos tomaron la sala cual pequeño ejército enano, parecían pingüinos tambaleándose sistemáticamente alrededor de la mesita central. Trajeron blancos, morenos, pelirrojos, bebés: son todos iguales: pañal de tela, hilos de baba, cabello corto, brazos lonjudos, olor a leche. Y Me decidí por usar el corsé blanco, fragancia seca, no muchas pestañas postizas. De manera inimaginable Augusto y Jacobo irradiaban paciencia entre tanto moquerío. Un pequeño logró conmoverme al intentar pararse con las manitas apoyadas en la boca del jarrón esquinero. Es moreno de ojos miel, sugerí a Madame quedárnoslo, enseñarle buenos modales y usarlo en ocasiones especiales, pero replicó que generan gastos emocionales y financieros, pérdida de proyección en mujeres jóvenes, “además querida, la sangre es la sangre”, dijo hundiéndome sus ojos de gata astuta. Me irrita cuando objeta mis decisiones, la ridícula piedad que simula dándome otro presente para amortiguar su negativa. Cuando pedí peces y un pequeño calamar para mi habitación se negó rotundamente, “no soporto olor a sal ni en sopa”. Me envió al mar seis días, coincidentemente cuando hubo de visitarla su amante más viejo. Él vendrá ésta noche y frente a él pediré de nueva cuenta mi pecera, nos acompañará a cenar y después del espectáculo no podrá negarse. Resulta extraño que Madame acceda a que su amoroso disfrute con las perversiones de nuestro nuevo cliente, supongo le llegó al precio por tratarse del Sacertote D. y la madre senil del Juez R.


Nueve pasadas meridiano. Cualquier alma importante dentro del salón central: Madame, Jacobo, Augusto, Señor Amante y yo a la mesa, listos para cenar. Frente a nosotros el escenario iluminado en amarillos muestra una fina bañera de porcelana cargada con vómito espumoso. Las oraciones, a priori evento y degustación, corren a cargo de Señor Amante. Señor bendice éstos alimentos, a tiempo comienza el desfile de infantes que vomita con excelso orden dentro de la bañera, tu generosidad nos ha glorificado, algunos lucen pálidos por efectos del laxante, Madame sonríe apretando sus enormes pechos contra la mesa, porque sin merecerlo nos da de comer, entre la oscuridad aparece en escena el Sacerdote D. desnudo y se coloca del lado izquierdo de la bañera, prepara nuestros corazones para recibir tus regalos, la madre del juez R. con su prominente vientre que, incluso le cubre el sexo, se apila del lado derecho de la tina, Augusto soba sus manos, no puede esperar a que los treinta niños terminen de vomitar para aplaudir, se levanta en silencio, porque son tus regalos la mayor recompensa, mientras los infantes ruedan y gatean, alrededor del escenario, un mozo sirve dos copas con deshechos recogidos del piso, Sacerdote y Madre pudiente se introducen a la tina, brindan y entre gritos y sollozos de bebés, estimulados por la deshidratación, comienza a elevarse en erección nuestro Eclesiástico. ¡Glorioso Amén! grita Señor Amante, màs de cinco pulgadas, ¡Así sea! respondemos a tono, alzando copas y sonrisas.