Un carne y hueso de Nicaragua, sí, como tú, como yo, educaba calacas rociando alcohol en sus lenguas muertas. Sin ojos, sin orejas, sin corazón, aprendían a servir la mesa al tiempo que cantaban rimas para niños. Algunos con labio leporino tenían más ritmo que vida, ofrecían premoniciones al hambriento supersticioso o alquilaban su esqueleto a peso por danzón. En su mayoría eran *gente* decente, dóciles pues, se entregaron fielmente a sus amos, así como el sueño al soñador, la esperanza al enamorado. Pero la primera noche de la era cristiana descubrieron el blanco, el color de sus huesos, con ayuda de religión y narcóticos comprendieron poco o nada, se supieron fantasmas, advirtiendo que la esclavitud venia de sí mismos, de la trascendencia buscada en otro siglo, donde su hueso estuvo calado a la carne con ánimo de estar.
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jueves, septiembre 20, 2007
martes, julio 24, 2007
Patrañas Y Cìclopes
En el bazar de Uruguay vivió un cíclope vendedor de libros. Solía decir mientras miraba fijo con su ojote verde: la muerte existe, ha sido fotografiada por las manos de una mujer que nunca está, pero que adentro estaba, sin saber por dónde pero queriendo estar siempre allí. Y nadie entendía al rechoncho cíclope, sólo contemplaban con morbo su oclayo, sus espesas lagañas entrelazadas, algunas costrosas iban del miel al verde, jugosas, apretujadas, duras, agusanadas. Su parpadeo semejante al aletazo de las magistrales aves despedía un olor pútrido, infecto, difícil de olvidar. Y así parló ante la incrédula nariz de cualquier oyente: la muerte, esa a la que hacen altares y temen, esa flacucha terca de dientes amarillos, la muerte, habitada por nadie, seducida por todos, la que se recuesta en la montaña, siempre hambrienta, siempre saciada, la que come y caga orgullosa, mitad furiosa, mitad justa, la que se va de uno a otro sin remordimiento, tan poderosa como la duda, entristecida de ser siempre tan fea y barata como lo sagrado, lo religioso, lo metafísico. Así decía, parecía cantar en medio de tanta hoja vieja el cíclope apestoso y nadie le creía, hasta que esa la muerte, se les presentaba tan penetrante como el amor.
patrañas!
si yo fuera un mossztro...
jajajjaja, nee.
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