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martes, diciembre 16, 2008

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Llegó anoche pretextando una confesión. trajo crucifijo, Biblia y excelente vino. Me miró lento mientras abría la puerta, contempló mi bata y me miró aún más lento. Me estremecí. Enardecí de ansias al no saber que juego soltaría. Se veía exquisito dentro de ese traje religioso, exquisito. Es tan natural esa conducta suya, llegar sin aviso, fingir un nombre, interrumpir mi insomnio para ceder a sus fascinaciones. Me embruja nuestra camaradería; esa mueca firme de enajenamiento y desesperación que nunca se quita. Me dijo, soy sacerdote de la sagrada familia. Le creí. Lo invité a pasar y a tomar una copa. Bebimos, y hasta donde fue posible perdí la cabeza.

Ahora apenas amanece, son las cinco con quince y mientras enciendo un cigarrillo miro de lejos como recibe el amanecer, Josias en definitiva es un hijo de Dios, ninguna otra criatura puede lucir tan preciosa mientras duerme.





viernes, diciembre 05, 2008

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No puedo desistir más, y si me observa un Dios verá que tengo necesidad de hacerlo. No es que no me controle, es que no puedo contener placer sin evitar disgusto. Josias. Josias comienza a desvanecer mi necesidad de reposo, guía mi silencio hacia el peso de sus ojos serenos. No encuentro más jugoso manjar, ni el arte ni el fuego, es una deleitante criatura de cuerpo recto, piel blanca, aliento dulce, cuello de miel… Josias… estoy a punto de entrar en trance y mientras imagino su doble boca la idea se hace real entre mis manossszzss...



sábado, octubre 25, 2008

Conmiseración

Mi cuerpo piadoso se vio tentado ante sus caricias
no hubo más opción hermanos míos
seamos caritativos con el alma necesitada.


El más galante, cortés, sensible, y perverso hombre que yo he tenido vino oportunamente a darme consuelo. Mientras nos tumbamos en el sillón recita inverosímiles moralidades, sus bellos desfiguros no permiten pensamiento que ose desacatar sus des-ordenes. Mira mi cuello, lo retuerce con alegría maligna, ¡qué locura, qué delicia de pecado!, lo sostiene con la mano entera al tiempo que suelta el bastón y levanta mi vestido, me llama Lucrecia, me muerde, y su mano recorre sagazmente mi entrepierna, sube fuerte y sin soltar mi cuello respira agitado, Lucrecia ¿quieres jugar conmigo?, me invita a simular que tengo doce años y él una caja entera de galletas. Jugamos, juega y pierde a Lucrecia, la pierdo a mitad de un respiro preorgásmico.

domingo, mayo 27, 2007

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Me siento bien dispuesta a convertirme en su error. Ese hombre del que no mucho he hablado fue educado para ruborizarse ante todo acto lascivo e inmoral. ¿Y qué? La casualidad ha esparcido sus botones, se ha arrodillado para que una pobre como yo tenga su cuerpo convertido en llama. Y así será eventualmente, deben creerme. No temo enfermedad o infortunio derivado de mi atrevimiento, si he de temer a algo será al dolor que me cause la privación de corromper su divina alma.